Adicciones en Navidad: Carta real de una adicta

NUEVA ZELANDA O EL ARMARIO

Soy una adicta que lleva sin consumir unos quince días seguidos, aunque,  en justicia tengo que confesar que antes de esta gloriosa quincena he estado tres meses ingresada y después, he vuelto a subirme a la noria de las recaídas.

Y hoy, el calendario nos ha disparado, a mis compañeros adictos y a mí, una carga de dinamita con temporizador: la Navidad.

En cuanto se ha escuchado la palabra mágica, nos hemos mirado y la  acogedora sala de terapia se ha llenado de lamentos, tan torpes como francos. Desde el alborozo ante la perspectiva de abandonar (por unos días, no vaya usted a creer ) la silla-confesionario hasta los ayes y lamentos que presagian este contratiempo para nuestra recuperación.

Un contratiempo. Un pegote de yeso en el duro camino que estamos y estoy recorriendo. Esto es para mí la Navidad. Ni el Belén, ni los villancicos,  ni el árbol de Navidad… Esta vez me toca el castillo de Herodes, y ojalá. Porque estoy aterrorizada. Hasta el tuétano.

Como aperitivo, algunos de mis compañeros de terapia faltarán por unos días a nuestra saludable puesta en común. La paz interior que me aportan las intervenciones de todos ellos se verá truncada, puesto que algunos de ellos, si bien son hirientes como dagas, también son tan certeros como dicen que son las bombas inteligentes.

A las inevitables ausencias tengo que añadir que, durante unos días, la saludable rutina impuesta por el proceso de recuperación se va a suspender. Mis compañeros serán sustituidos por la invasión de los ultracuerpos y de mi suegra, mi familia política, que tomará posesión de mi hogar, mis langostinos (porque los voy a pagar yo), mi besugo al horno (porque lo voy a cocinar yo) y consumirán mi tóxico como si no hubiera un mañana.

“Este año, mi amor, como estás recuperándote, encargamos la cena en un catering”, dice Mi Santo Esposo. Y UN CUERNO. Será descarado y cínico…Si ahora, justamente ahora, yo empezaba a convivir con el mono y lo estoy pasando de pena. Si mi apacible rutina va a dar paso a un estrés del carajo escoltado por el quisquilloso mono que tanto me cuesta superar…

Llegará el catering, pero el mantel de hilo con encaje de Almagro, la vajilla de mi abuela, la cristalería de su tía y la cubertería de no sé quién tendrán que colocarse. Y esta vez, este puñetero año, no voy a tener a mano mi botella de JB escondida en la lavadora!!! Con lo relajada que me he mantenido en otras Navidades ahogando las sandeces de los ultracuerpos sorbito a sorbito, mientras acarreaba platos y bandejas de la cocina al salón…

“Bueno, al recoger la mesa, te pimplas con los restos de los vasos porque total, nadie se va a fijar…”. Así susurra mi mente adicta. Voy a pasar un monazo que ya quisiera King Kong.

¿ Y cómo voy a sobrevivir al desparrame de cuerpos y paquetes que pulula en estos días por las calles? Hasta la sana costumbre de acudir todos los días al gimnasio se suspende desde ya. Porque el aroma de la Navidad disipa la lucidez hasta en las charlas de la piscina.

Los adictos no podemos esquivar, en estas fechas, el ataque de la artillería pesada. Solo podemos fantasear con coger un avión y plantarnos en Nueva Zelanda, con playitas pero sin daiquiris. O meternos el día veintidós en un armario y no salir del mismo hasta el día siguiente a la fiesta de Reyes.

Por mi parte, me encomendaré al Niño Jesús. Si careció de cunita y pañales, Él sabrá lo que es celebrar su cumple sin tóxico. Y me ayudará a vencer esta horripilante batalla que se aproxima para conseguir, pasito a pasito, partido a partido, ganar esta guerra.

Galatea. 9/12/2018.