Adicción al Sexo

Cuando llegué al Centro de Luna, mi vida era un desastre, recientemente mi adicción al sexo había hecho que mi matrimonio terminara y mi doble vida me estaba volviendo a pasar factura. Estaba completamente desolado y sin esperanza. Todo cambió de un día para el otro cuando mi mujer encontró pruebas de mi infidelidad, con el fin de mi relación de pareja empecé a sentir que todo a mi alrededor se derrumbaba. Me vinieron muchos miedos y fobias, lo que más me aterraba era que me quitaran la custodia de mi hija. La situación en casa era insostenible pero no podía abandonar la casa por varios motivos, aunque el día a día era un calvario. Sentía una gran la vergüenza y temía el escarnio público, todo tipo de escenarios catastróficos me rondaban la cabeza y en ese momento me parecían inevitables. Tenía un sentimiento de culpa que me aplastaba y sentía que había destruido mi vida por completo y no me veía con fuerzas de seguir.

Con la ayuda del Equipo en el Centro pude parar, tomar un poco de distancia para pensar con mayor objetividad. Me dí cuenta de que lo que tengo es una enfermedad, que si se entiende como tal se puede tratar, y que esa enfermedad es la adicción.  La adicción al sexo es como cualquier otra adicción, supongo que todos los adictos pensamos que nuestro caso es especial, o que no es nada, que tenemos algo especial que nos hace irredimibles. Aprendí que todas las adicciones tienen rasgos en común y suelen partir de las mismas raíces, infancias complicadas, entornos que favoreces estas conductas y hasta componentes genéticos pueden influir en nosotros y nuestra conducta adictiva. Me di cuenta que no estaba solo, lo que necesitaba era ayuda para salir de esa situación.

Sigo con el tratamiento, y mejoro cada día, con subidas y bajadas, pero con esperanza de mejorar. Entiendo que esto es una enfermedad crónica, con la que hay que aprender a vivir, y sobre todo aprender a tener calidad de vida.

Adicciones en Navidad: Carta real de una adicta

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NUEVA ZELANDA O EL ARMARIO

Soy una adicta que lleva sin consumir unos quince días seguidos, aunque,  en justicia tengo que confesar que antes de esta gloriosa quincena he estado tres meses ingresada y después, he vuelto a subirme a la noria de las recaídas.

Y hoy, el calendario nos ha disparado, a mis compañeros adictos y a mí, una carga de dinamita con temporizador: la Navidad.

En cuanto se ha escuchado la palabra mágica, nos hemos mirado y la  acogedora sala de terapia se ha llenado de lamentos, tan torpes como francos. Desde el alborozo ante la perspectiva de abandonar (por unos días, no vaya usted a creer ) la silla-confesionario hasta los ayes y lamentos que presagian este contratiempo para nuestra recuperación.

Un contratiempo. Un pegote de yeso en el duro camino que estamos y estoy recorriendo. Esto es para mí la Navidad. Ni el Belén, ni los villancicos,  ni el árbol de Navidad… Esta vez me toca el castillo de Herodes, y ojalá. Porque estoy aterrorizada. Hasta el tuétano.

Como aperitivo, algunos de mis compañeros de terapia faltarán por unos días a nuestra saludable puesta en común. La paz interior que me aportan las intervenciones de todos ellos se verá truncada, puesto que algunos de ellos, si bien son hirientes como dagas, también son tan certeros como dicen que son las bombas inteligentes.

A las inevitables ausencias tengo que añadir que, durante unos días, la saludable rutina impuesta por el proceso de recuperación se va a suspender. Mis compañeros serán sustituidos por la invasión de los ultracuerpos y de mi suegra, mi familia política, que tomará posesión de mi hogar, mis langostinos (porque los voy a pagar yo), mi besugo al horno (porque lo voy a cocinar yo) y consumirán mi tóxico como si no hubiera un mañana.

“Este año, mi amor, como estás recuperándote, encargamos la cena en un catering”, dice Mi Santo Esposo. Y UN CUERNO. Será descarado y cínico…Si ahora, justamente ahora, yo empezaba a convivir con el mono y lo estoy pasando de pena. Si mi apacible rutina va a dar paso a un estrés del carajo escoltado por el quisquilloso mono que tanto me cuesta superar…

Llegará el catering, pero el mantel de hilo con encaje de Almagro, la vajilla de mi abuela, la cristalería de su tía y la cubertería de no sé quién tendrán que colocarse. Y esta vez, este puñetero año, no voy a tener a mano mi botella de JB escondida en la lavadora!!! Con lo relajada que me he mantenido en otras Navidades ahogando las sandeces de los ultracuerpos sorbito a sorbito, mientras acarreaba platos y bandejas de la cocina al salón…

“Bueno, al recoger la mesa, te pimplas con los restos de los vasos porque total, nadie se va a fijar…”. Así susurra mi mente adicta. Voy a pasar un monazo que ya quisiera King Kong.

¿ Y cómo voy a sobrevivir al desparrame de cuerpos y paquetes que pulula en estos días por las calles? Hasta la sana costumbre de acudir todos los días al gimnasio se suspende desde ya. Porque el aroma de la Navidad disipa la lucidez hasta en las charlas de la piscina.

Los adictos no podemos esquivar, en estas fechas, el ataque de la artillería pesada. Solo podemos fantasear con coger un avión y plantarnos en Nueva Zelanda, con playitas pero sin daiquiris. O meternos el día veintidós en un armario y no salir del mismo hasta el día siguiente a la fiesta de Reyes.

Por mi parte, me encomendaré al Niño Jesús. Si careció de cunita y pañales, Él sabrá lo que es celebrar su cumple sin tóxico. Y me ayudará a vencer esta horripilante batalla que se aproxima para conseguir, pasito a pasito, partido a partido, ganar esta guerra.

Galatea. 9/12/2018.

 

 

Dejar la droga: una carta real (II)

dejar la droga

Esta carta real es la segunda parte de la carta real de un ex drogodependiente que ya publicamos hace un tiempo sobre cómo dejar la droga. Un año después, esta persona explica cómo se enfrentó al proceso de desintoxicación y deshabituación para alcanzar una vida libre, sin cadenas. 

Un año en recuperación. El comienzo de una vida sin cadenas.

Un 12 de octubre hace 365 días emprendí el mejor viaje de mi vida. No iba a un spa, ni a una isla paradisíaca, ni tan siquiera se trataba de una excursión, un camping o una agradable estancia en una casa rural alejada de la civilización; hubiera estado bien, pero no era lo que yo necesitaba. Este destino era muy diferente a todo lo explorado tiempo atrás.

Llevaba dos maletas con equipaje. En la primera, los atuendos físicos y materiales, ropa, aseo y algo de literatura. La segunda, la intangible y la más importante, estaba llena de indumentaria vital para la supervivencia en esta aventura: esperanza, valentía, compromiso, amor, coraje y temor, mucho miedo.

Hablemos del miedo como algo positivo en este caso. El ser humano necesita experimentar miedo para lograr sobrevivir, hacia lo desconocido, miedo a fracasar, pánico a no encajar y auténtico terror en mi caso a no conseguir cumplir los objetivos previstos del viaje y perder para siempre el billete de regreso a casa.

Porque sin este miedo caeremos sin remedio en el engaño de nuestra enfermedad, esa confianza irreal en nosotros mismos que casi nos hace perderlo todo, esa falsa sensación de creer controlar el mundo desde nuestra pequeña burbuja anestesiada. Esto se acabó.

El único pasaporte que necesitaba para cruzar la frontera de mis ideas irracionales era la aceptación, asumir que había tocado fondo, desnudarme por completo y hacerme pequeño, volver a ser como un bebé que empieza a contemplar cómo se mueve el mundo a su alrededor. Este fue el viaje del aprendizaje del alma, del reencuentro con mi mejor versión, la que aún no conocía y a día de hoy sigo conociendo, la que tan feliz me va a hacer y tanto amor y cariño me va a ayudar a compartir.

No fue nada ameno el principio del viaje, lleno de turbulencias psicológicas para empezar, con escalas frustrantes e interminables. Por primera vez me dijeron desde arriba como tenía que organizarme cuando aterricé, como confeccionar los horarios de trabajo, ellos controlaban también mi sueño e incluso la hora de despertarme, me penalizaban si no llegaba a mi hora a las reuniones, y algo insólito, me hicieron renunciar a casi todo lo que me gustaba, y lo que es aún más raro, sustituirlo por cosas que nunca hice antes y que parecían muy pero que muy aburridas pero que a día de hoy disfruto como nunca en mis días.

El hotel era de lo más insólito, ni restaurante, ni servicio de habitaciones, ni de lavandería, tan solo una despensa con alimentos, lavadora y herramientas para subsistir. Y por primera vez en mi vida vi que los que regentaban el hotel te vigilaban continuamente y te obligaban a ir al gimnasio y a mantener tu propia higiene, día a día, trabajo físico, mental, tareas del hogar y vuelta e empezar. Sin darme cuenta había añadido en la maleta intangible la perseverancia, la disciplina y la conciencia de enfermedad.

Más adelante también hubo espacio para la sinceridad y la honestidad, aunque tuve que sacar de la maleta la manipulación y la mentira. También me hicieron tirar a la basura el miedo y cambiarlo por el respeto, saque también la impulsividad y la sustituí por la paciencia y la coherencia.

Por fin llegó el momento de emprender la segunda parte de este maravilloso viaje, con mucho trabajo conseguí mi billete de regreso esta vez en el tren de la felicidad, de vagón en vagón a cada cual más lleno de luz y color, con toda la indumentaria necesaria también me otorgaron una valiosa guía para poder vivir bien con mis nuevas herramientas, me dijeron que tenía que trabajar duro para conseguir añadir la constancia al equipaje y a día de hoy sigo viajando con ilusión, con ahínco, con ganas de vivir y con este equipaje de mano infinito siempre conmigo, siempre abierto y dispuesto a llenarlo de alegrías, de sensaciones.

De vida.

Gracias de todo corazón a los que me acompañáis a diario en este viaje. En el viaje de la prosperidad.

Dejar la droga: una carta real

Joven mirando al infinito dice adiós a la droga

En esta carta real, un ex drogodependiente se dirige directamente a la sustancia que ha truncado su vida en el momento en el que ha conseguido superar su adicción. Hemos eliminado el nombre y cualquier dato personal, pero sigue siendo un documento estremecedor y muy revelador de lo que supone dejar la droga. 

Pronto se cumplirán siete meses desde que nos separamos, y más bien parecen siete años. Por fin hoy, 1 de Mayo de 2018, he decidido contarte en detalle de mi puño y letra los motivos de esta despedida.

Nos conocimos un Verano de 1998 en la terraza de unos amigos del pueblo, todos reíamos y disfrutábamos del ambiente a ritmo de los últimos éxitos rockeros internacionales del momento, tales como el Smash de Offspring o la archiconocida banda del mítico Kurt Cobain y su Nevermind conquistando a diario miles de corazones jóvenes amantes de la buena música. En aquel momento nadie me advirtió de la relación de amor – odio que íbamos a mantener durante tantos años y de los momentos de lucidez que me arrebatarías de un modo totalmente despiadado.

Tras muchos años de timidez e introversión hallé en ti mi elixir, mi medicina contra la vergüenza y el rechazo, una nueva forma de afrontar mi vida social, de formar por fin parte de un grupo amplio de amigos, de conocer chicas; así sin saberlo te convertiste en mi billete en primera clase rumbo a la autodestrucción de la conciencia y de los valores fundamentales de mi existencia.

Por aquel entonces coqueteabas con todos a mi alrededor, siempre estabas presente en cualquier evento, en las fiestas, conciertos, te ocultabas detrás de muchos disfraces y con muchas etiquetas, y aunque los demás se aventuraban siempre a rozar tus labios con cierto éxito solo yo iría más allá y conseguiría de ti besos arrebatadores y una pasión desenfrenada.

No nos importaba que la noche cesase o que los amigos se retiraran, tú y yo siempre encontrábamos el modo de seguir unidos, de destrozarme por dentro y por fuera. En el baño más cercano vomitando con profunda tristeza y ardor mientras tú te frotabas las manos y celebrabas tu nueva conquista, tu nuevo huésped al que atormentar y exprimirle su existencia a golpe de botella.

A mi lado viste pasar muchos amigos, novias, mis años de estudiante en el instituto, la universidad, hasta mi época laboral; y por más que he intentado separarme de ti siempre te las has ingeniado para conseguir otra oportunidad a mi lado, para continuar humillándome una vez más.

Con el paso de los años mi familia se percataba de tu peligrosa presencia, de tu acoso incesante, de tu entrometida existencia que iba apagando la sonrisa del que en su día quiso tan solo ser uno más en la pandilla, del chico que solo pretendía ser normal y al que acabaste esclavizando de una forma desproporcionada, sin importarle nada más que tu asquerosa y detestable presencia, arriesgando su vida por ti, manipulando y engañando a sus seres queridos solo para conseguir un momento a solas contigo, en el bar, en casa, en el garaje o incluso en el baño, siempre encontré un modo de esconder nuestra relación, nuestra aventura tóxica, nuestros encuentros llenos de lágrimas y profunda miseria.

Conseguiste adentrarme de un modo peligroso en mundos oscuros de sustancias tóxicas que arrebatan vidas y destrozan hogares a diario en los cinco continentes, hiciste de mí un ser que deambulaba como alma en pena por los salones de juego, incluso me empujaste a emprender acciones ilegales y a mentir a tu favor aún a sabiendas de la amenaza creciente que suponías en mi vida.

Tu compañía era tan poderosa que por más que lo intenté de varias formas no pude deshacerme de ti solo con mi voluntad, ni con el apoyo de mis familiares, ni siquiera a sabiendas de que iba a ser padre en un futuro no muy lejano. Todo esto no eran más que intentos fallidos en mi afán de volver a recuperar mi vida

A lo largo de los últimos años siempre has estado presente en todas y cada una de las ruinas y despropósitos que han acontecido en mi vida y mi carrera; has estado a punto de matarme literalmente en algunas ocasiones, pero no lo has conseguido, no conmigo, y por fin encontré el método de desprenderme de tu hechizo.

A día de hoy y gracias a la ayuda de mi familia, pues ellos me pusieron en el camino, con mucho trabajo, disciplina y esfuerzo mental, a base de constancia y con las tres “h” como telón do fondo (Humildad, Honestidad y Honradez) estoy ganando la primera batalla de una guerra que comenzó sin saberlo hace muchos años, solo que yo estaba sin yelmo sin coraza, y sin ni siquiera una espada.

Ahora mismo cabalgo firme a lomos de un gran corcel blandiendo una lanza descomunal con el escudo de la voluntad y la armadura de la perseverancia, arremeto con coraje contra ti y nunca más vas a apoderarte de mi alma.

No derramaré mas lágrimas por ti, viviré con orgullo, recuperaré mis valores con la gente que me quiere, enseñaré a mi hijo a caminar por el sendero del conocimiento y de la valentía.

Bajo estas letras te deseo el peor de los infiernos y te condeno a morir en el fuego de tu propia destrucción para el resto de mis días, con mi alma a salvo de tus garras y mi conciencia escalando la montaña de la dignidad.